El principal agente moldeador de la opinión pública en la actualidad es la televisión. Esta nos presenta, no sabemos si con la intencionalidad suficiente, los conflictos internacionales con absoluta inmediatez, de manera fragmentaria y superficial, lo que sirve, con un doble rasero, para confundir aún más a la opinión pública, abrumada por la complicación, crudeza, fatalidad e impotencia de los nuevos conflictos y para hacer del poder militar el nuevo protagonista de la política internacional.

Parece sintomático comprobar cómo, habitualmente, la presentación de los conflictos en los medios: a) ensalza los juegos de luces y hace halago a la puntería y complejidad técnica con que nuestros buenos chicos acuden a interponerse entre los salvajes guerreros de fuera (cuando se trata de justificar nuestra intervención quirúrgica en los conflictos) eludiendo dar imágenes del verdadero rostro de la guerra o, b) presenta a los contendientes como carniceros irracionales y se fija en la crueldad y el drama de esas guerras que siempre ocurren fuera, cebándose en la destrucción y el horror (cuando se trata de demonizar los conflictos y de reprobar a sus participantes).

Una y otra visión se usan desde el poder para forzar la percepción social de mundos incompatibles, de distancia insalvable entre nosotros y ellos, de miedo, así como la necesidad de estar preparados (militarmente se entiende), ya sea para ayudarlos humanitariamente, ya para defendernos de sus maléficas intenciones, según los casos. Sea como fuere, preparación de la guerra y justificación del aparato bélico.

Quizás un buen análisis de esta situación no puede pasar por alto que la atomización y avalancha de noticias de conflictos sirven, también, para insensibilizarnos. Pero, más aún, la presentación fragmentaria, parcial, inmediata y descontextualizada de los conflictos provoca en nosotros, la gente llana, sentimientos de enajenación: si el problema es tan difícil de entender (pero sin embargo no hay análisis o se hacen complicadísimos y aburridísimos de seguir sobre las causas, los intereses en juego, el desarrollo del conflicto, etc.), tan imprevisible (pero sin embargo un atento repaso de los países a los que vendemos armas o a las zonas donde están las materias primas que anhelamos nos permite saber de antemano donde ocurrirá la próxima guerra) e inabordable, no somos la gente de a pié quienes podemos hacer algo para parar el conflicto. Ni tenemos el conocimiento (que nos enseñan a suponer que sí tienen los gobiernos y sus aparatos de inteligencia), ni el poder y capacidad (que tienen sus ejércitos) para hacer algo.

La solución no puede ser más favorable a los intereses de los que manejan entre bambalinas estos temas: la gente delega. Porque quiere respuestas inmediatas, que nos quiten de la vista los perfiles duros de los conflictos y porque, desde luego, tiende más a la piedad que a la aspiración de acabar con las causas estructurales de los conflictos. Esta actitud tiene mucho que ver con la educación y la cultura que nos envuelve. Se nos enseña más una actitud de compasión puntual y despolitizada que una actitud crítica y creativa en la que se afrontan los conflictos desde su raíz estructural, único lugar desde donde se pueden potenciar los cambios.