Los gobiernos nos ocultan de manera interesada (y los medios de comunicación les siguen el juego desde esa dinámica de inmediatez en que anda metida su nueva estrategia de ofrecer espectáculo-noticias, así como por falta de análisis rigurosos, críticos e independientes) y bajo fuegos retóricos y conceptos vacíos como son los de “globalización“, “cambios en la estructuras de las relaciones internacionales“, “situaciones de riesgos” indefinidas, y “los grandes interrogantes que plantea el uso militar de las nuevas tecnologías“, que entre tanto cambio aparente, lo que no ha cambiado ha sido la macropolítica ni la manera (militarista) de abordar los conflictos.

Tanto Europa como Estados Unidos siguen buscando la hegemonía mundial (por medio de las armas y la amenaza del uso de la fuerza, de la imposición del modelo económico, científico y cultural, por la instrumentalización de las organizaciones internacionales como la O.N.U., el F.M.I., el Banco Mundial, etc.). Desde el punto de vista internacional seguimos siendo los primeros exportadores netos de conflictos, como antiguamente pero sin un competidor creíble enfrente.

En el otro lado, los países de la periferia ven como aumenta su dependencia económica y política; y ven como dentro de sus fronteras se generan o se destapan la mayor parte de las guerras y tensiones de todo tipo. Son países importadores de conflictos (muchas veces prefabricados allende sus fronteras) que se cobran la vida de su población, el desarrollo de sus economías y, en definitiva, su futuro.

Resulta asombroso y turbador comprobar cómo estos países periféricos son considerados como amenazas y riesgos por los gobiernos occidentales. Con ello se cierra el círculo vicioso en el cual occidente provoca situaciones estructurales de conflicto e injusticia, define a sus “víctimas” como peligros potenciales para su estabilidad y prosperidad y luego desgrana toda una ristra de metodologías militares y económicas para defenderse de este recién prefabricado enemigo.

Lo anterior podría ser un interpretación factible, pero necesitaríamos un móvil para comprender satisfactoriamente esta mecánica. Este no es otro que la propia justificación de la existencia de los ejércitos: Un mundo sin enemigos (todos los países occidentales han definido en sus políticas generales de defensa que no tienen enemigos) no permite la existencia, ni siquiera la justificación, del gigantesco complejo militar. Hay un salto lógico entre no tener enemigos y necesitar, por ello, un ejército. Por tal razón, y ante la estrepitosa caída de los viejos enemigos, nos inventamos otros de reemplazo. Salvo que ahora no sirve cualquier enemigo. El nuevo enemigo no debe ser conocido y previsible como una superpotencia de la época anterior, sino algo más indefinido (el Ministerio de Defensa español habla de un concepto tan etéreo como son los “riesgos), desconocido en su capacidad de amenaza (Serbia, Irak, terrorismo internacional) y con un sistema de valores distintos (en lo político, económico, religioso, social) para que pueda ser presentado como exento de valores o como contrario a los valores occidentales.

Un enemigo como ese exige toda la sofisticación posible y toda la inversión necesaria para combatirlo en los múltiples planos en que se presenta su cabeza de hidra maléfica.