Quizá la idea más básica de este artículo sea la de que debemos concienciarnos de nuestra responsabilidad en los conflictos externos, en las guerras, en las violaciones, en las hambrunas, en la conculcación de los derechos humanos. Es la idea más básica porque a partir de esta base nos es posible construir alternativas. Si realmente somos conscientes de que nuestras políticas gubernamentales son vectores de injusticia y de guerras, si somos conscientes de que estas políticas dependen de nuestra actividad política (o lo que es más triste, de nuestra ausente o delegadora actividad política), seremos conscientes, en buena lógica, de que el cambio puede provenir de nuestra acción política.

Se puede esgrimir como argumento o como excusa que el actual sistema político no permite nuestra participación comprometida en estos y otros asuntos. Y ahí está la clave: el actual sistema político de democracia representativa y de delegación nos conduce a la pasividad. Y dado que en lo concerniente a la política internacional, a la “cooperación” y a las “acciones humanitarias”, las actuaciones del poder son injustas, nuestra pasividad no es neutra, es una pasividad cómplice.

La toma de conciencia nos permitirá un cambio de actitud que se verá reflejada en un cambio de actuación política. ¿Pero cómo ha de ser ésta?